A veces, en la consulta del psicólogo, se cuentan historias. Hoy comparto contigo una de ellas:

«Cuentan que un muchacho iba a ir a la guerra como soldado. Se estaba despidiendo de su padre, un veterano con varios años de guerra a sus espaldas, al que las heridas habían dejado una pequeña cojera.

En el momento de decirse adiós, el padre le dio a su hijo una pequeña caja, tan pequeña que cabía en el interior de su mano. Y le dijo: “Cuando ya no puedas más, cuando estés al límite, abre esta caja. En su interior está la solución cuando ya todo está perdido. Pero sólo funciona cuando realmente has llegado al límite de tus fuerzas”.

Y el muchacho partió y con los años se hizo un hombre. Conoció lo que la guerra tenía que ofrecerle: hambre, miedo y miseria, barro y piojos, desesperación y rabia.

Varias veces se había sentado con la caja en la mano, a punto de abrirla, pero siempre pensaba: “Todavía puedo un poco más, todavía no he llegado al límite del todo, puedo dar un paso más, puedo respirar una vez más”.

Y así fue pasando el tiempo cuando, con el corazón lleno de experiencias y la mente llena de recuerdos, fue licenciado. Terminó la guerra: Ya podía volver a su casa.

Cuando volvió, se encontró con su padre, algo más viejo, algo más cojo y algo más sabio.

De un solo vistazo, el padre se dio cuenta de lo que su hijo había vivido. Y esa misma noche, hablando junto al fuego, el padre le preguntó si alguna vez había abierto la caja.

Él le dijo que había estado a punto de hacerlo mil veces, pero que en el último instante, siempre le quedaba un poco más de energía, un poco más de esperanza. Y por eso nunca lo hizo.

Le preguntó a su padre qué contenía esa caja, mientras se la devolvía.

El padre la cogió de manos de su hijo y la abrió: estaba vacía.

Ante la sorpresa del hijo, le explicó: “Cuando crees que has llegado al final, que ya no hay nada más que hacer, realmente no hay nada que se pueda hacer. Pero es importante que recuerdes que por muy mal que estés, no has llegado al límite. Siempre puedes dar un paso más, resistir un poco más. Porque con el tiempo, las cosas suelen cambiar. Y ahora estás de vuelta. Has pasado por el infierno y todavía no has llegado al límite. Recuerda que siempre eres más fuerte de lo que crees”.

Y padre e hijo se miraron durante un rato y callaron. Y el fuego siguió ardiendo.»